Las despedidas nunca son fáciles. Ni siquiera cuando todo va bien.
Recientemente, en nuestra red de viviendas, hemos tenido que decir adiós a una persona que ha formado parte de nuestro día a día durante mucho tiempo. En nuestro camino, esto es ley de vida: acompañamos tramos del viaje de muchas personas, y cuando llega el momento, toca soltar, con respeto y gratitud.
Pero lo que nos hace sentir un orgullo inmenso es ver la huella que deja. Ver cómo la despedida se convierte en un abrazo de todo un barrio. Porque una comunidad no son solo las paredes de las casas, sino las personas que las habitan y las que las rodean.
Gracias al zapatero de la esquina, a la persona de la limpieza que cuida nuestro portal y que nos conoce desde siempre, a los vecinos, a las panaderas que endulzan las mañanas, y hasta a ese hombre de la calle que vemos a diario y forma parte del día a día. Cada saludo, cada historia cuenta.
Y en esta despedida todas ellas se han unido para demostrar que, aunque nos despidamos de una persona, el cariño que construyó en la comunidad se queda para siempre.
Gracias a todos por ser red.
